En este artículo le detallaremos algo que a muchas personas les sucede, y es el tema del perfeccionismo. Aquí hablaremos de ello y el porqué del huir de ello.

Continuación:

El perfeccionismo tiene sus raíces en la búsqueda de aprobación, la propia y sobre todo la de los demás, que habrá de afectar directamente en la autoestima del perfeccionista.

Pretender que nuestra apariencia o aquello que hagamos sean perfectos es desgastante y, además, una actitud que irá minando nuestra autoestima, porque, por más que lo queramos, no lograremos la perfección absoluta en todo lo que estemos involucrados.

Es un esfuerzo inútil y muy frustrante.

Querer dar lo mejor de nosotros mismos y hacer las cosas lo mejor que podamos es una actitud constructiva. Es maravilloso sentirse satisfecho de lo que hemos realizado.

Sin embargo, cuando esta actitud es llevada al extremo, hablamos de perfeccionismo y éste ya no es tan beneficioso, sino todo lo contrario.

microscopio, perfeccionismo

La diferencia estriba en el reconocimiento de que a veces no llegamos al sobresaliente y nos quedamos por debajo. Asumirlo, alegrarse y permanecer motivado para seguir avanzando es una actitud responsable, coherente y constructiva.

Sin embargo, la persona perfeccionista tiene unos estándares de calidad muy altos. Es un juez implacable consigo mismo. Lograr la excelencia es siempre su meta. Pero, ¿quién puede ser feliz con ese nivel de autoexigencia?

El perfeccionista tiene una autoestima quebradiza, débil. Busca la excelencia, pero no por sí misma. Suele buscarla porque así logra el reconocimiento de los demás y, con ello, el suyo propio. Es como si su autoestima fuese un pequeño fuego que, para seguir vivo, dependiese de la leña que le dieran los demás.

Confieso que yo tiendo a veces al perfeccionismo. Afortunadamente, se me está quitando la costumbre y comparto con vosotros que es bastante liberador. 😀

Hay veces que tenemos tan asentada una actitud desde los primeros años de nuestra vida, que no somos conscientes de que está presente en nuestra personalidad.

Eso me ocurrió a mí. Tardé en darme cuenta de que era presa del perfeccionismo. Por un tiempo pensé que para hacer algo había que hacerlo bien; si no, no hacerlo. Gran error el mío. Aprendí con el tiempo que vale más hacer eso que quieres hacer y disfrutar con ello que encadenarse a la perfección.

Aprendí que a veces, aun poniendo todo de mi parte, las cosas podían salir mal. Y lo mejor es que aprendí a no culparme por ello.

Por eso, cuando sientas la necesidad de que aquello que tú haces sea siempre sinónimo de máxima calidad, pregúntate porqué, para qué…

Cometer errores y caer en la mediocridad es propio del ser humano. La perfección sólo es para los dioses.

Continúa luchando diariamente y, si algo sale mal, piensa que dando lo mejor de ti, no estás obligado a más. A mí me ha servido de mucho.

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